Eduardo Sacheri: “Nunca me pensé como un cornudo del fútbol”

Por Negro Máximo y Juan Lagares

Futbolista, profesor de historia, escritor y guionista de su propia vida y de personajes comunes y sensibles en sus cuentos y novelas. Hincha de Independiente como su padre, el hijo y los hijos de sus hijos. Dice que era arquero y ahora es volante central y que prefiere conservar la ingenuidad y ese tesoro de ser hincha. “Si me entero que Los Reyes Magos son los padres, ¿qué hago?”. El personaje, en el café de Augol.

Lo lindo del fútbol es ocupar un lugar que no te corresponde. Pensé en esa definición, lo pensé durante toda la entrevista en la mesa de un bar fulano de Ituzaingó, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Azúcar para mí, dije, como quien no especula con los números del resultadismo ni los niveles de glucosa en la sangre.  Al cabo, un fútbol con edulcorante es el que vemos todos los fines de semana.

El tipo, pelado por resignación, futbolista por nostalgias, escritor por talento y profesor de historia por vocación acomoda la mochila con algunas pruebas y unos libros. Llega, en punto y de hablar cuatro horas con los alumnos del colegio secundario del Barrio Rivadavia, en Libertad, partido de Merlo.

Hay cosas que no cambian.

Un Oscar, o un trofeo por algún desafío amateur con su equipo de toda la vida en un pueblo cualquiera de la Argentina. El valor es el mismo, y el rol de docente no se conmueve por alfombras rojas ni por plumas con punta de oro. Una mina interrumpe, lo anda midiendo desde que lo observa sentado en esta mesa de tres. Como un perro que mueve la cola y espera para que le tiren el palito, un hueso, alguito… “Es que te tengo que hacer firmar algo, leí tu última novela y me encantó, y me encanta lo que hacés, y me gusta cómo escribís y ay, ¡no lo puedo cre-er!”. Sacheri, ofrece las disculpas del caso, agarra una birome bick y pone el sello, uno de los tantos que podrá firmar en ejemplares o servilletas, previo al viaje a La Pampa -13 horas en Bondi- simplemente para llegar, cambiarse, jugar, comer un asado y volver, otras tantas horas hasta el Conurbano. Luego, más adelante y en otro bar y en detalle, contará cómo se fisuró el dedo índice en una jugada de mitad de cancha.

Tiene un yeso en su mano derecha que le impide escribir, nada menos.

El fútbolista por nostalgias dice que juega de cinco porque es el puesto que más le sienta. Que su estilo es de los Mascheranos y no tantos Gagos, pero que le puede pasar la pelota a sus compañeros cuando la recupera. Sin embargo, en otra vida y en otros tiempos, aparece una distorsión y traslado de gustos que, inevitablemente, se adjunta como un archivo de cambios enlazados con el mundo.

-En los grupos de pibes, cuando sos chico, si sos bueno tenés un lugar.

-¿Y cuál era ese lugar?

-El arco, iba al arco. Porque sí, era muy bueno en esa función. Tal vez yendo al medio era uno más, pero estando bajo los tres palos era requerido. ‘Que ataje Eduardo’, decían. Incluso, te llamaban de otros lados, de otros equipos. Es como esa sensación de… A ver… Soberbia se llama. Y también creo que pega con una parte de mi personalidad, esta cosa más neurótica, más conservadora. ‘Prefiero encargarme yo de este quilombo’, sería, de alguna manera. Con la contracara de comerte un gol pelotudo.

-Bueno, atajar es como ver el mundo desde donde empieza. ¿Es también darte seguridad?

-Hay como una psicología en cada puesto, atajar, mirar observar, desde el arco tenés la mirada de todo lo que pasa.

-¿No te aburría un poco? Viste que ir al arco es todo un tema, en muchos casos es rotativo y el que va a veces se deja hacer el gol para salir a jugar.

-Me gustaba, pero tenía esta cosa ambivalente de tener ganas de que te caguen a pelotazos. Esa adrenalina de querer que los otros lleguen, pero hasta ahí. O también de mandarte una volada a un palo y querés que cobren corner, la hayas tocado o no, para que quede claro que la sacaste vos.

-No es una obra de la casualidad haber salido a jugar al medio y, paralelamente, soltarte a escribir. ¿Le encontrás un punto?

-Totalmente, salir a escribir fue salir a acomodar algunas cosas de mi vida. Escribir es eso. En medio de lo que invento, escribo cosas que pienso, que siento, que deseo. De alguna manera, de cómo uno quisiera que la vida sea.

El volante central, atiende un llamado inquieto en su celular claramente ajeno al mundo de las redes inalámbricas y ese cuento. Es de Tucumán, donde mañana dará una charla.

-Ajá, o sea que volás a Tucumán, vas, hablás, volás, llegás, le das un beso a tu mujer y a tus hijos, metés los botines en el bolso y te vas a Retiro rumbo a La Pampa.

-Sí.

Está loco.

El fútbol es, evidentemente, un mundo dentro de un mundo en la vida de Eduardo Sacheri, pensé. Al margen de que en sus cuentos o novelas la pelota tenga su papel –más o menos protagónico- es él que juega dentro de sus escritos. Fantasía y tesoros para que el olor a la tierra mojada, los buzos que simulan los arcos de un Maracaná o esos sueños de goles de almohada todavía reluzcan a salvo del capitalismo de las emociones en televisión.

-El tipo puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios, pero hay una cosa que no puede cambiar, no puede cambiar de pasión.

-Soy hincha de Independiente, mi viejo era de Independiente y mi hijo es de Independiente. Y vamos a la cancha, y sufrimos, lloramos, y gritamos y reímos con Independiente.

-¿No tenés miedo de ir a la cancha por todo lo que sucede en el club con la barra?

-Alguna vez sí, tuve temor. Pero la hinchada va por un lado y la barra por otro, cosa que me encanta. No lo conozco tanto a Cantero (presidente de la institución), pero lo que está haciendo me entusiasma. El tipo dijo basta de barras y el discurso parece estar de la mano de los hechos. ¿Quiénes son estos tipos? ¿Son épicos? Epicos, somos los que vamos, pagamos la entrada, somos socios, nos cagamos de frío, de calor, nos mojamos, tenemos que dejar el auto en el culo del mundo para que ‘vos’ me lo cuides, me caga a palos la policía. Igual, pelotudos hay en todos lados, como la vida misma. Porque en la Copa Sudamericana que ganamos el proyectil contra el arquero de Defensor Sporting vino del otro lado.

-Imagino que por tus laburos y por moverte en ámbitos que bien pueden quedar del otro lado del mostrador podés tener acceso a ‘todo eso que el hincha sospecha’. ¿Quisiste cruzar la puerta alguna vez para comprobar si hay o no algo de eso que se dice como verdades relativas?

-No, no, quiero ver hasta ahí. Si descubro que los Reyes Magos son los padres ¿qué hago? No quiero perder la ingenuidad, es como esas minas que sabés que te engañan pero vas igual sin querer enterarte. Nunca me pensé como un futbolero cornudo, pero es una imagen válida.

-Sos de la generación que vivió la grande con Independiente. Copas, vueltas y Bochini. ¿Qué ves cuando vas al Libertadores de América?

-El nombre del estadio  es una buena figura para entender lo que pasa. Libertadores de América. Si Boca gana una Copa más nos metemos el nombre en el orto. ¿Ves? Eso es ponerte de nuca al futuro.

-¿Cómo se lo explicás a Francisco?

-Uf, composición, tema Bochini. Es una charla repetida cada vez que vamos con mi hijo al estadio. Ese es el nombre que tiene que tener la cancha.

-Claro, encima a él no le tocó ver al Bocha.

-No, claro, igual no le quiero llenar los huevos con Bochini. Pero sabe, miró videos… Nunca se puso otra camiseta, salvo la de la Selección. Empezó siendo un pendejo con gambeta, rápido, y cuando creció se paró en un pedacito de cancha y le daba pases a todo el mundo, y cuando no pudo más se fue. Ese es el modelo, no las copas que gané.

-¿Lo conociste personalmente?

-No.

-Pero lo viste.

Sí, una vez iba por Corrientes y Uruguay.

-¿Y?

-Le grité, me salió gritarle. ‘Eh, Bocha, ídolo’.

-¿Respondió?

-Hizo así con la mano (Sacheri levanta el brazo, saluda como quien advierte el llamado o pide un café al mozo).

-Ah, no te conoció.

-No, no, el tipo anda en su mundo. Igual no lo imagino muy lector al Bocha, lector del juego sí, pero lector de libros…

Lo lindo del fútbol es ocupar un lugar que no te corresponde, pensé en su definición y en los tantos burros que llegaron a la Primera. Leí la conmovedora carta de Juan y cuando Sacheri se levantó y se fue a La Pampa para jugar a la pelota lo encontré a la vuelta, en otro bar, esta vez en Castelar. Justamente, a pocas cuadras de donde está ambientada Papeles en el Viento. “En una semana me quitan el yeso. Yo estaba marcando a uno, quise girar, y me enganché el dedo”, me dice. ¿Café?

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